Por Rodolfo Tarraubella (*)
El año está terminando y las conclusiones sobre lo ocurrido y lo que vendrá colman nuestras mentes. En este sin fin de ideas donde los proyectos grupales y personales se entremezclan, es imposible no acordar que vivimos en un planeta sediento de acción climática.
La Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP27), realizada hace unos meses en Sharm el-Sheikh (Egipto), dejó como una de sus principales conclusiones la necesidad de impulsar más activamente grandes esfuerzos colectivos para un verdadero cambio a la acción por el planeta.
En este sentido, en cada uno de los discursos, pabellones y pasillos, los bosques recuperaron su lugar destacado, la agricultura y los suelos ganaron más espacio en la agenda pero por sobre todo, por primera vez en 30 años de conversaciones, los países ricos acordaron compensar –a través de un fondo de daños y pérdidas-, a las naciones más pobres por las ineludible consecuencias que sufrirán a causa del cambio climático.
Desde que en 1997, se firmara el protocolo de Kioto, y 8 años después, en el 2005 se ratificara el mismo, existe una tendencia por buscar formas diferentes para pagar por los servicios que brinda la naturaleza, enfocados primeramente en el cambio climático. Pero ese impulso, se frena por otro placer que parecieran sentir los seres humanos, la creación de burocracia en todo lo que hacen. Así, muchas buenas ideas se han visto empantanadas por una escalada de trámites cada vez mayor.
Existen más de 140 tipos diferentes de bonos de carbono y más de 20 estándares; ni los especialistas pueden explicar esta complejidad.
En un mundo gustoso de complejizarse, impulsar –en el contexto del Foro de Innovación Sostenible de la #COP27- soluciones simples a esta barbaridad laberíntica se siente como un sólido paso adelante.
A partir del uso de la más alta tecnología satelital existente, apoyada con sensores in situ y drones, es posible componer una foto mosaico satelital de una Reserva Natural específicamente elegida para su protección, de forma que se convierta en un “Token Verde” (NFT) para generar la línea base. La Primera Green Coin con base en la naturaleza, pensada como un aporte a la mitigación del cambio climático, para quienes quieran contribuir a reducir el impacto de sus actividades, mediante la inversión en acciones que protejan al medio ambiente.
(N.R: Los NFTs o tokens no fungibles (Non Fungible Token en inglés) son representaciones inequívocas de activos, tanto digitales como físicos, en la red blockchain. Usan la misma tecnología que las criptomonedas, pero al contrario que estas, no se pueden dividir ni intercambiar entre sí, pero sí se pueden comprar y vender).
Utilizando Machine Learning e Inteligencia Artificial para comparar imágenes y generar alertas de cambios, se puede calcular la absorción de gases efecto invernadero que un bosque produce. De allí, solo queda crear un título denominado “Bono de Carbono”, comercializable en el mercado.
“Así como cada stablecoin tiene como respaldo en dólares u oro, Green Coin tiene como activo subyacente servicios ecosistémicos, los que sirven para dar cumplimiento de los ODS relacionados con la protección de la biodiversidad y la captura de emisiones de CO2eq. de la atmósfera (medida en toneladas de dióxido de carbono equivalente a los gases de efecto invernadero)”.
Contar con el apoyo e involucramiento de entidades globales comprometidas en impulsar cambios en la relación de las personas con los servicios ecosistémicos es crítica para concretar de forma efectiva estas acciones. Entidades como el Fondo de Transición Energético de Luxemburgo evitan que el desarrollo del proyecto inicial genere una barrera financiera de costos. El involucramiento de empresas como Green Coin Token o HOREB Energy les garantiza a los dueños de las reservas forestales la comercialización de sus activos naturales, y convertirlos en activos monetizables.
Al cierre del primer año de la iniciativa, ya se cuentan con los bonos para su comercialización. Quienes obtengan las Green Coin accederán a los datos de la reserva como cuánto dióxido de carbono absorbe, la cantidad de lluvia que cae en el territorio y el oxígeno que se genera, además de otros servicios ambientales disponibles en esta solución basada en la naturaleza.
“Tenemos mil ojos en el cielo, que no son las estrellas, sino las constelaciones satelitales que nos permiten hoy contar las hojas y flores de los árboles en los bosques y selvas”. La apuesta es, en realidad, una iniciativa que hoy ya se encuentra en marca, utilizar la tecnología para hacer las cosas más fáciles.
(*) Presidente de Fundación EcoConciencia –creadora de la metodología-, y presidente CIFAL Argentina (entidad del sistema de Naciones Unidas). Publicado en Ámbito.com